Advierten que más control no resuelve la violencia escolar

Especialistas plantean que detectores de metales, cámaras y suspensiones no abordan las causas de los conflictos y proponen transformar los espacios educativos para favorecer la calma, la autorregulación y la convivencia.

Mientras las denuncias por agresiones y problemas de convivencia escolar han aumentado 122% en una década, especialistas cuestionan que la respuesta se concentre principalmente en medidas de control como detectores de metales, cámaras, rejas y suspensiones.

Desde el Colegio Huelquén Montessori, cuya infraestructura fue diseñada bajo la visión del arquitecto y Premio Pritzker Alejandro Aravena, plantean que parte de la solución pasa por revisar cómo están construidos y organizados los espacios donde niños y adolescentes pasan gran parte de su jornada.

En Chile se registran diariamente un promedio de 43 hechos graves dentro de establecimientos educacionales, entre agresiones, amenazas y porte de armas. A esto se suma un volumen mensual de entre 1.400 y 1.500 denuncias formales relacionadas con maltrato y convivencia escolar a nivel nacional.

Frente a este escenario, Felipe Palma, psicopedagogo y magíster en Neurociencias Aplicadas a la Educación del Colegio Huelquén Montessori, sostiene que la forma en que se organiza el aula también influye en la experiencia de los estudiantes.

“Rediseñar el espacio educativo cuesta cero peso: basta con eliminar la tarima del profesor, deshacer las filas rígidas para armar islas de trabajo colaborativo y despejar los muros. Es momento de abandonar la lógica del control y construir ambientes que sanen”, enfatiza Palma.

Un aula pensada para la calma

El modelo Montessori propone una organización del espacio que busca disminuir las jerarquías y favorecer el movimiento, la autonomía y la interacción entre los estudiantes.

En el Colegio Huelquén Montessori, el diseño arquitectónico incorpora elementos como luz natural, vegetación, mobiliario de madera y espacios adaptados a las distintas etapas escolares.

La propuesta también considera una distribución que evita las filas rígidas y favorece el trabajo colaborativo. La idea es que los estudiantes puedan desplazarse e interactuar respetando el espacio de los demás.

Para Palma, estos elementos pueden contribuir a generar ambientes menos tensionados y con mejores condiciones para el aprendizaje.

“Las salas ruidosas y con luz artificial pueden contribuir a aumentar los niveles de estrés. Por eso, pensar el espacio educativo también significa pensar en el bienestar de quienes lo habitan”, explica el especialista.

De la sanción a la autorregulación

La propuesta no se limita a la infraestructura. El modelo también plantea cambiar la manera de abordar los conflictos dentro de la comunidad escolar.

Ante una situación de convivencia, el objetivo es evitar que la primera respuesta sea simplemente apartar al estudiante mediante una suspensión. En su lugar, se promueven instancias de conversación, resolución de conflictos y justicia restaurativa.

Este enfoque busca que niños y adolescentes puedan comprender lo ocurrido, reconocer el impacto de sus acciones y participar en la búsqueda de soluciones.

La autorregulación ocupa así un lugar central. En vez de depender exclusivamente de mecanismos externos de control, la propuesta apunta a que los estudiantes desarrollen herramientas para gestionar sus emociones, relacionarse con otros y resolver conflictos.

El diseño también educa

Desde esta perspectiva, el espacio escolar deja de ser un escenario secundario y pasa a formar parte de la experiencia educativa.

La arquitectura puede organizar los desplazamientos, favorecer encuentros, generar espacios de concentración y contribuir a crear ambientes más acogedores. En el caso del Colegio Huelquén Montessori, estos principios forman parte de una propuesta que busca integrar infraestructura, metodología y convivencia escolar.

“La crisis de convivencia escolar no se resuelve transformando los colegios en cárceles, sino devolviendo la calma a las aulas. La respuesta no es más control, sino mejores entornos”, concluye Palma.

La discusión sobre la violencia escolar abre así una pregunta que va más allá de las medidas de seguridad: ¿cómo deben ser los espacios donde niños y adolescentes aprenden, se relacionan y desarrollan herramientas para convivir?

Para los especialistas, abordar esa pregunta puede ser parte de una estrategia de prevención que complemente las medidas de seguridad y ponga nuevamente el bienestar, la autorregulación y la convivencia en el centro de la experiencia educativa.

Isabel Chandía

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