
Esta alteración metabólica puede avanzar durante años sin síntomas y aumentar el riesgo de diabetes tipo 2. Una especialista explica sus principales señales y la importancia de detectarla a tiempo.
La resistencia a la insulina puede avanzar de manera silenciosa durante años y convertirse en la antesala de enfermedades crónicas como la diabetes mellitus tipo 2 y patologías cardiovasculares. Los cambios en la alimentación, el aumento del sedentarismo, el estrés y las dificultades para dormir son algunos de los factores que han favorecido la aparición de esta alteración metabólica.
La condición se produce cuando las células del organismo disminuyen su capacidad para responder adecuadamente a la insulina, hormona que permite que la glucosa ingrese a los tejidos para ser utilizada como fuente de energía. Frente a esta menor sensibilidad, el organismo debe producir mayores cantidades de insulina para mantener la glicemia dentro de rangos normales.
Según explica Alejandra Ponce, académica de Tecnología Médica de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, la transformación de los hábitos de vida ha contribuido a que este problema sea cada vez más frecuente.
“Al igual que otras sociedades occidentales, hemos experimentado importantes cambios en nuestro estilo de vida. Si bien existen factores genéticos que pueden predisponer a una persona, también hemos incorporado patrones de alimentación con exceso de calorías y baja calidad nutricional, además de una marcada disminución de la actividad física diaria”, señala.
A esto se suma el sedentarismo asociado a la vida moderna. La especialista advierte que los niños pasan menos tiempo realizando actividad física al aire libre, mientras los adultos dependen cada vez más del automóvil para sus desplazamientos.
“Los niveles de estrés permanentes y las dificultades para dormir adecuadamente” también pueden favorecer procesos inflamatorios y alteraciones metabólicas que contribuyen al desarrollo de esta condición, agrega Ponce.
Señales que pueden alertar
Uno de los principales desafíos para detectar la resistencia a la insulina es que en sus primeras etapas generalmente no presenta síntomas evidentes. Por eso, algunas manifestaciones físicas pueden convertirse en señales de alerta que requieren evaluación médica.
Una de ellas es el oscurecimiento de la piel en zonas como el cuello y las axilas, conocido como acantosis nigricans.
“Esta condición puede ser un indicador importante de alteraciones metabólicas”, explica la académica de la UNAB.
También pueden aparecer acrocordones, pequeños crecimientos de piel que suelen localizarse en el cuello y las axilas. A estas señales se suma el aumento del peso corporal y, especialmente, de la circunferencia de cintura, debido a la relación entre la acumulación de grasa abdominal y las alteraciones metabólicas.
Sin embargo, la presencia de estos signos no permite por sí sola confirmar un diagnóstico. La evaluación debe considerar los antecedentes y exámenes de cada persona.
Detectarla antes de que avance
La detección temprana permite intervenir sobre los hábitos y realizar seguimiento antes de que aparezcan complicaciones mayores. Para evaluar el funcionamiento metabólico existen distintos exámenes de laboratorio.
Uno de ellos es el índice HOMA, que relaciona los niveles de glucosa e insulina en ayunas y permite estimar la sensibilidad del organismo a la insulina.
“Este indicador permite estimar la sensibilidad del organismo a la insulina y detectar alteraciones metabólicas tempranas”, explica Ponce.
La especialista también destaca el papel de la insulina basal en ayunas, ya que sus niveles pueden aumentar como mecanismo de compensación antes de que la glicemia presente alteraciones visibles.
“El páncreas comienza a producir más insulina para compensar la pérdida de sensibilidad de las células. Por eso es posible detectar la resistencia antes de que aparezcan alteraciones visibles en la glicemia”, señala.
Otros parámetros también pueden aportar información. La resistencia a la insulina puede alterar el metabolismo de las grasas y asociarse con triglicéridos elevados y colesterol HDL disminuido, antecedentes que ayudan a orientar la evaluación metabólica.
El seguimiento depende de cada persona
Una vez identificada la condición, el seguimiento dependerá de la situación clínica y de la respuesta de cada paciente a las medidas adoptadas.
“Cuando un paciente ha sido diagnosticado recientemente y está incorporando cambios en alimentación y actividad física, los controles pueden realizarse entre tres y seis meses”, explica la académica.
En personas que ya mantienen un tratamiento y presentan parámetros estables, el seguimiento puede realizarse anualmente, de acuerdo con la evaluación del equipo de salud.
Por ello, reconocer posibles señales de alerta y realizar los controles indicados permite identificar tempranamente las alteraciones metabólicas y adoptar medidas antes de que evolucionen hacia problemas de mayor complejidad.






