Candlebox en Chile: dos horas de rock, pasión y catarsis colectiva

Con el Teatro Coliseo agotado en todas sus localidades, la banda de Seattle ofreció un intenso y emotivo concierto, avalado por la entrega de Kevin Martin, sumado a una fanaticada chilena que respondió con devoción absoluta a la nostalgia y potencia del rock noventero.

La relación entre Candlebox y Chile, volvió a reafirmarse en una noche que ya se inscribe con letras doradas en la memoria del rock en vivo. El Teatro Coliseo, colmado en su totalidad, fue el escenario de una velada tan emocionante como intensa, marcada por la comunión absoluta entre la banda estadounidense y una audiencia que jamás soltó el pulso de la velada. Desde el primer acorde hasta el cierre, el concierto fue una celebración del legado, la vigencia y el arraigo que el grupo ha cultivado en nuestro país a lo largo de más de tres décadas.

La apertura con “Arrow”, fue el primer estallido de la noche. Directa, filosa y sin rodeos, la canción desató la euforia inmediata de un público que nunca dejó de cantar, saltar y acompañar. El entusiasmo fue total: el Coliseo vibró desde el inicio, confirmando que no había espacio para la tibieza. Candlebox había venido a encender la noche, alcanzando su objetivo desde el primer minuto.

Esa energía inicial se transformó en potencia deslumbrante con “Simple Lessons”, una de las piezas más celebradas del setlist, contenida en el subvalorado “Lucy”, su segunda producción discográfica. La interpretación fue sólida, intensa y cargada de electricidad, sostenida por una banda aceitada junto a un Kevin Martin intratable, quien ya dejaba en claro que estaba dispuesto a darlo todo. Su voz, poderosa y rasgada, se elevó con una fuerza que parecía desafiar el paso del tiempo.

Durante dos horas de show, Candlebox desplegó un repertorio de 22 canciones, recorriendo distintas etapas de su carrera con una naturalidad admirable. Kevin Martin fue el eje absoluto del concierto: derrochó carisma, potencia vocal y una presencia escénica aplastante. Dueño del escenario de principio a fin, se movió con soltura, interactuó constantemente con el público y sostuvo cada interpretación con una convicción contagiosa.

Uno de los momentos más entrañables de la noche llegó con “Blossom”, viejo clásico de la banda que adquirió un carácter especial cuando invitaron a un fan a compartir el escenario. El gesto, simple pero poderoso, evidenció la humildad y cercanía del frontman, reforzando ese espíritu genuino que marcó toda la jornada. Sin poses ni artificios, Martin volvió a demostrar por qué es un vocalista de toro y lomo: firme, directo y profundamente humano.

La atmósfera alcanzó un nuevo punto de emoción con “Breathe Me In (Intro)”, que dio paso a “Hunger Strike”, cover del emblemático proyecto Temple of the Dog, interpretado junto a un invitado de lujo, Alain Johannes. La comunión entre ambos músicos fue inmediata y sentida, entregando uno de los pasajes más intensos y emotivos del concierto. El Coliseo estalló en aplausos y coros, consciente de estar presenciando un momento único e irrepetible.

La noche prosiguió sin perder intensidad con “Supernova”, “Happy Pills” y la inmortal “Cover Me”, tríada que desató la nostalgia al máximo nivel. La adolescencia regresó con más fuerza que nunca para buena parte del público, que parecía revivir fragmentos de su historia personal al ritmo de canciones que han acompañado generaciones completas.

Lejos de decaer, la energía colectiva se mantuvo intacta. El público continuó disfrutando con “Riptide” y la hermosa “It’s Alright”, en un tramo del show donde la emoción se mezcló con un sentimiento de agradecimiento mutuo: la banda entregándose sin reservas, mientras la audiencia respondía con entrega total.

Para el final, redondeando una noche mágica y de catarsis colectiva, “Elegante”, abrió paso a una seguidilla de cuatro clásicos que sellaron el concierto con autoridad: “He Calls Home”, “Far Behind”, “You” y “Rain”. En ese cierre, Candlebox apeló a su lado más zeppeliano y melancólico, recordando por qué su música sigue resonando con tanta fuerza emocional.

Con más de 30 años desde su debut discográfico, la banda ya es parte de la casa. Lo demostrado en el Teatro Coliseo no solo ratifica su vigencia, sino también el profundo arraigo sembrado en nuestro país. Fue una noche hermosa, intensa, honesta. Una de esas jornadas donde el rock vuelve a ser refugio, memoria y celebración compartida.

Alberto Arán

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