
Vivimos en una sociedad cada vez más rápida, donde muchas veces cuesta detenerse, escuchar y ponerse en el lugar del otro. En ese contexto, la empatía parece ir perdiendo espacio, tensionando las relaciones humanas, tanto en lo personal como en lo laboral.
Por eso, hoy más que nunca, se hace necesario volver a mirar con atención las habilidades socioemocionales. Porque la empatía, el respeto y la autonomía no aparecen de un día para otro: se construyen desde los primeros años de vida. Es en la infancia donde los niños empiezan a reconocer lo que sienten, a relacionarse con otros y a descubrir que no todos piensan ni sienten igual.
En gestos simples, como esperar un turno, compartir o expresar una emoción, se están formando habilidades profundamente humanas. Y son esas mismas habilidades las que, en el futuro, permitirán desenvolverse en distintos espacios, incluidos los laborales, desde el respeto, la colaboración y la comprensión del otro.
El desarrollo socioemocional no se enseña sólo con palabras, se construye a partir del ejemplo. Y ahí, tanto docentes como familias tienen un rol fundamental. En la educación parvularia, estas habilidades se trabajan todos los días, de manera intencionada, a través del juego, la convivencia y las experiencias compartidas. No es algo secundario, es parte esencial del aprendizaje.
Pero este proceso necesita coherencia. Los niños observan constantemente a los adultos. Aprenden de cómo reaccionamos, de cómo hablamos y de cómo tratamos a otros. Si queremos formar niños empáticos, necesitamos adultos empáticos. La familia y la escuela deben avanzar juntas en esta tarea, ya que cuando ambos contextos se alinean, el impacto es mucho más profundo.
Herramientas para la vida
A veces se piensa que la comprensión lectora y la escritura son solo habilidades escolares, pero en realidad son herramientas para la vida. Comprender lo que leemos no es sólo entender palabras, es interpretar, reflexionar y ponerse en el lugar de otros, fortaleciendo así la empatía.
La escritura permite ordenar ideas, expresar pensamientos y dar forma a las emociones. A esto se suma la comprensión oral, que implica saber escuchar, interpretar y entender distintas intenciones, algo clave en cualquier contexto, especialmente en el mundo laboral.
Hoy, en entornos donde se valora la comunicación efectiva, el trabajo en equipo y la capacidad de comprender distintos puntos de vista, estas habilidades son esenciales. No sólo estamos formando estudiantes, estamos formando personas.
La educación temprana es el punto de partida de todo. Es ahí donde se construyen las bases más profundas del desarrollo, no solo en lo cognitivo, sino también en lo emocional y social. En la educación parvularia se trabaja constantemente la empatía, el respeto y la convivencia, acompañando a los niños a reconocer lo que sienten y a resolver situaciones cotidianas. Es un trabajo silencioso, pero profundamente significativo.
Además, las Bases Curriculares de la Educación Parvularia consideran el desarrollo de estas habilidades socioemocionales como parte central, abordándolas de manera intencionada y transversal en todo momento.
Las educadoras de párvulos son conscientes de la importancia de este proceso, trabajando no solo con los niños, sino también con sus familias, fortaleciendo estas habilidades en ambos contextos.
El entorno familiar tiene un impacto enorme. Un niño que se siente escuchado, validado y acompañado desarrolla mayor seguridad y mejores herramientas para enfrentar el mundo.
Hoy el desafío es mayor, porque muchas veces estamos más conectados a las pantallas que a las personas. Por eso se vuelve tan necesario volver a lo esencial: a la conversación, el vínculo y el ejemplo.
Porque, finalmente, más allá de los conocimientos, lo que marcará la diferencia será la capacidad de relacionarse con otros.





