
Han transcurrido cuatro meses desde la entrada en vigencia de la ley que regula el uso de celulares en escuelas y liceos chilenos. El debate inicial estuvo marcado por las dudas, las resistencias y las advertencias de quienes veían en esta medida una batalla perdida frente a una generación que nació con una pantalla entre las manos. Sin embargo, el tiempo ha comenzado a demostrar que, cuando el celular se guarda, la escuela vuelve a escucharse.
Los primeros balances muestran mejoras en la concentración, una disminución de las distracciones en el aula y, en muchos establecimientos, la recuperación de interacciones que parecían extinguidas. El Ministerio de Educación impulsó esta normativa con el propósito de fortalecer los ambientes de aprendizaje y promover una convivencia más saludable (MINEDUC, 2024). Y aunque sería ingenuo pensar que cuatro meses bastan para resolver problemas acumulados durante años, la evidencia internacional ya advertía que el uso excesivo de dispositivos digitales afecta el bienestar y el rendimiento de los estudiantes (OECD, 2023).
Pero quizás el mayor hallazgo de este tiempo no ocurrió dentro de las salas de clases, sino en los patios. Muchos estudiantes se enfrentaron a una pregunta tan simple como inquietante: “¿Y ahora qué hacemos?”. Esa interrogante dejó al descubierto una realidad más profunda. Durante años permitimos que las pantallas ocuparan silenciosamente espacios que antes pertenecían a las conversaciones, al juego, a las amistades y a esa pedagogía invisible que ocurre cuando los niños aprenden a convivir.
Sin embargo, sería un error creer que la tarea termina en la puerta de la escuela. La educación digital comienza mucho antes y continúa mucho después de que suena el timbre. La American Psychological Association (2023) ha insistido en que las familias cumplen un papel decisivo en la construcción de hábitos saludables en torno a la tecnología. Ninguna ley podrá sustituir el ejemplo de los adultos, las conversaciones familiares o la capacidad de enseñar que la vida también ocurre cuando la pantalla se apaga.
Las vacaciones de invierno representan una oportunidad extraordinaria para recuperar esos espacios de encuentro. Tal vez sea el momento de volver a las sobremesas sin teléfonos, a las tardes de conversación, a los juegos compartidos o, simplemente, al derecho de aburrirse. Porque el aburrimiento, tan combatido en la era digital, también abre la puerta a la creatividad, la imaginación y al encuentro con otros.
La escuela ha dado un primer paso. Ahora es el turno de las familias.
Porque el verdadero desafío no consiste en criar hijos capaces de vivir conectados. El desafío es mucho más profundo: formar niños y jóvenes que sepan utilizar la tecnología sin convertirse en sus prisioneros. Quizás, después de todo, el mayor aprendizaje que nos está dejando esta ley sea recordar algo esencial: las pantallas pueden iluminar nuestros rostros, pero son las relaciones humanas las que verdaderamente iluminan nuestras vidas.
Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB.






