Mientras Chile se posiciona como líder climático en América Latina, millones de personas continúan respirando aire contaminado cada invierno.
Chile suele aparecer en rankings internacionales como una nación ambientalmente avanzada. La Ley Marco de Cambio Climático, el crecimiento de las energías renovables y la estrategia de descarbonización han fortalecido una imagen internacional de liderazgo verde que, en parte, es legítima.
Sin embargo, basta recorrer Santiago durante los meses de invierno para comprender que existe otra realidad.
El último Environmental Performance Index (EPI) de Yale 2024 evidencia una contradicción difícil de ignorar: mientras Chile destaca en indicadores vinculados a políticas ambientales —liderando, por ejemplo, en tratamiento de aguas y rendimiento de cultivos—, mantiene un desempeño preocupante en calidad del aire.
De hecho, en exposición a material particulado fino PM2.5 de origen antropogénico, el país aparece entre los peores evaluados a nivel global.
La paradoja es evidente. Hablamos de hidrógeno verde y carbono neutralidad al 2050, mientras miles de personas siguen expuestas a episodios críticos de contaminación atmosférica que afectan directamente su salud y calidad de vida.
El problema no es solo ambiental. También es urbano, social y político.
Cada invierno regresan las restricciones vehiculares, las alertas ambientales y las recomendaciones sanitarias. El reciente Plan Operacional GEC 2026 vuelve a centrarse en medidas de contingencia para la Región Metropolitana.
La pregunta incómoda es si Chile realmente está resolviendo la contaminación o simplemente la está administrando.
Porque el smog no responde a una sola causa. Influyen la dependencia del automóvil, la expansión urbana, la calefacción contaminante, la actividad industrial y una geografía que dificulta la ventilación de la cuenca de Santiago.
Pero también influye una visión limitada de sostenibilidad, muchas veces enfocada más en metas internacionales que en la calidad de vida cotidiana de las personas.
Necesitamos entender que la transición verde no solo se juega en grandes proyectos energéticos, sino también en las ciudades, en el transporte público, en la planificación urbana y en el aire que respiramos todos los días.
Porque no existe liderazgo climático real si millones de personas siguen viviendo bajo cielos grises.
Eduardo Villarroel
Académico investigador de la Escuela de Biotecnología y Medioambiente de Universidad de Las Américas







