Ante el aumento de los conflictos de convivencia escolar, expertos y comunidades educativas plantean que la prevención debe comenzar antes de las sanciones, fortaleciendo la empatía, el respeto, el servicio y el sentido de comunidad.
La violencia escolar se ha convertido en una de las principales preocupaciones de las comunidades educativas chilenas. Agresiones entre estudiantes, bullying, ataques a docentes y conflictos que continúan en redes sociales han instalado una pregunta urgente: ¿cómo prevenir la violencia antes de que ocurra?
Las cifras muestran la magnitud del desafío. La convivencia escolar concentra una parte importante de las denuncias que recibe la Superintendencia de Educación. Durante 2025, cerca del 74% de los reclamos ingresados estuvieron relacionados con violencia, maltrato, discriminación o dificultades de convivencia al interior de los establecimientos.
El fenómeno tampoco es exclusivamente chileno. La UNESCO estima que uno de cada tres estudiantes en el mundo sufre acoso escolar, mientras que el ciberacoso afecta aproximadamente a uno de cada diez niños. Sus consecuencias pueden impactar el aprendizaje, el bienestar y el desarrollo emocional.
Frente a este escenario, el debate suele centrarse en protocolos, sanciones y nuevas regulaciones. Sin embargo, la prevención también puede comenzar mucho antes: en la formación de niños y jóvenes capaces de reconocer al otro, ponerse en su lugar, dialogar y construir comunidad.
La solidaridad como herramienta educativa
En Fundación Nocedal, la solidaridad forma parte de un proyecto educativo permanente. No se limita a campañas sociales ni a determinadas fechas del calendario.
El propósito es desarrollar desde los primeros años empatía, respeto, responsabilidad, fortaleza y vocación de servicio, entendiendo que estas capacidades también influyen en la manera en que los estudiantes se relacionan.
“Muchas veces hablamos de convivencia escolar cuando el conflicto ya ocurrió. Nosotros creemos que la verdadera prevención comienza mucho antes, formando estudiantes capaces de reconocer la dignidad del otro, trabajar en equipo, dialogar y servir. Cuando esas capacidades se desarrollan desde la infancia, cambia la manera en que los jóvenes se relacionan entre ellos”, señala Miguel Arce, Director de Desarrollo de Proyectos Educativos de Fundación Nocedal.
Esta mirada coincide con las recomendaciones internacionales. La UNESCO ha destacado la importancia de desarrollar habilidades socioemocionales como la cooperación, la empatía, la regulación emocional y la resolución pacífica de conflictos para favorecer ambientes educativos más inclusivos y mejorar la convivencia.
Cuando servir se convierte en un hábito
En los colegios de Fundación Nocedal, el trabajo de formación se desarrolla a través de distintas experiencias que buscan convertir las virtudes en comportamientos cotidianos.
Actividades de servicio, acompañamiento entre estudiantes, educación del carácter, formación espiritual y trabajo con las familias forman parte de esta estrategia.
“No basta con enseñar que la solidaridad es importante. Hay que crear experiencias concretas donde los estudiantes descubran que servir a otros también transforma su propia vida. Cuando un niño aprende a escuchar, colaborar, agradecer o preocuparse por quien está solo, está desarrollando habilidades que después impactan directamente en la convivencia escolar”, explica Andrés Benítez, Director de Formación de Fundación Nocedal.
La apuesta consiste en que el respeto no dependa exclusivamente de un reglamento. La convivencia también se construye a partir de hábitos y vínculos que se desarrollan todos los días.
La familia también es parte de la prevención
La formación para la convivencia no comienza cuando un niño entra al colegio. Comienza en el hogar, donde aprende sus primeras formas de relacionarse con los demás.
Por eso, Fundación Nocedal complementa el trabajo con los estudiantes con programas de acompañamiento familiar, escuelas para padres, talleres y espacios de formación.
Desde la institución plantean que la cercanía entre padres e hijos puede ser determinante para detectar dificultades tempranas y acompañar a niños y adolescentes antes de que los conflictos escalen.
“La empatía, el autocontrol y la capacidad de resolver conflictos no se desarrollan espontáneamente. Se aprenden observando modelos, conversando y viviendo experiencias donde los niños se sienten escuchados. Cuando familia y colegio trabajan en la misma dirección, aumentan las posibilidades de detectar dificultades tempranas y prevenir situaciones de violencia”, sostiene el psicólogo de la institución.
Historias que muestran el valor del servicio
El impacto de una formación basada en la solidaridad muchas veces se aprecia años después de que los estudiantes dejan las aulas.
Un ejemplo es Vicente Ormazábal. Creció en La Pintana, estudió en el Colegio Nocedal y actualmente cursa Pedagogía en Educación Física en la Universidad Andrés Bello. Al mismo tiempo, trabaja realizando clases en el establecimiento donde comenzó su propia trayectoria educativa.
“Volver como profesor es una forma de devolver parte de todo lo que recibí. Hoy quiero que los estudiantes sepan que también pueden construir un futuro distinto”, ha señalado en el podcast Vidas Extraordinarias.
Como él, otros exalumnos han desarrollado sus trayectorias profesionales manteniendo un vínculo con su comunidad. Víctor Villarreal encontró su vocación en la docencia y hoy trabaja promoviendo la convivencia escolar. David Méndez desarrolló una carrera en el ámbito tecnológico y Rafael Méndez se convirtió en periodista, orientando parte de su trabajo a comunicar historias con impacto social.
Son caminos diferentes, pero comparten una idea: el desarrollo personal también puede ponerse al servicio de los demás.
De la campaña solidaria a una cultura
Durante agosto, colegios, organizaciones y comunidades impulsan campañas para reunir alimentos, ropa o útiles escolares. Estas iniciativas cumplen un rol importante, pero también abren una oportunidad para mirar la solidaridad desde una perspectiva más amplia.
La solidaridad no debería reducirse a una actividad anual. Debe convertirse en una cultura.
Eso implica enseñar a escuchar antes de juzgar, dialogar antes de agredir, colaborar antes de competir y comprender que la convivencia requiere responsabilidad compartida.
“Las comunidades educativas necesitan mucho más que protocolos. Necesitan vínculos. Cuando un estudiante siente que pertenece, que es valorado y que también puede aportar a otros, disminuyen los espacios para la violencia y aumenta el compromiso con su comunidad”, concluye Miguel Arce.
Educar para convivir
Chile enfrenta un desafío importante en materia de convivencia escolar. Las leyes, los protocolos y las políticas públicas son necesarios, pero no reemplazan el trabajo cotidiano de formar personas.
La prevención comienza mucho antes de una denuncia. Comienza cuando un niño aprende a respetar, cuando un adolescente descubre el valor del servicio y cuando una comunidad educativa entiende que enseñar a convivir es también parte de educar.
En una sociedad marcada por la incertidumbre, la polarización y el debilitamiento de los vínculos, recuperar el valor de la solidaridad puede ser una herramienta sencilla, pero profunda.
Porque prevenir la violencia escolar también significa construir comunidades donde las personas aprendan a cuidarse, respetarse y hacerse responsables de los demás.






