Abuelas y nietos protagonizan emotiva clase de Lenguaje

Veinte abuelas llegaron al Colegio Mayor Peñalolén para compartir recuerdos de infancia con 156 estudiantes de 4° Básico, en una jornada que unió lectura, memoria y vínculos familiares.

“Me abrazó y me puse a llorar”. La frase resume uno de los momentos más emotivos que dejó una particular clase de Lenguaje en el Colegio Mayor Peñalolén, donde 20 abuelas se convirtieron por un día en protagonistas de una experiencia de lectura junto a sus nietos.

La actividad reunió a 156 estudiantes de 4° Básico con sus abuelas y permitió transformar las salas de clases en espacios de conversación sobre infancia, juegos, recuerdos y experiencias familiares.

La iniciativa surgió a partir del trabajo que los estudiantes realizaron durante agosto con la novela juvenil “Mi abuela, la loca”, del escritor José Ignacio Valenzuela. La lectura abrió la oportunidad para conectar la historia del libro con las experiencias reales de los propios estudiantes y sus familias.

Así, cuatro abuelas de cada curso llegaron hasta el colegio para conversar con los niños y contarles cómo era su infancia, a qué jugaban, cómo vivían su etapa escolar y qué significa para ellas ser abuelas.

Una clase que llevó la lectura a la vida real

Más que una actividad complementaria, la jornada buscó que los estudiantes pudieran relacionar la lectura con experiencias cercanas y significativas.

Las conversaciones permitieron trabajar habilidades como la expresión oral, la escucha respetuosa y la empatía, al mismo tiempo que los niños conocieron historias de una generación distinta a la suya.

“Fue una actividad muy emotiva para todos. Uno de los momentos más emocionantes fue cuando ellas les explicaron a los estudiantes el significado de ser sus abuelas. Sin duda hubo mucha emoción y cariño”, relata Pamela Torres, una de las profesoras que impulsó la iniciativa.

La docente explica que el encuentro también tuvo un objetivo pedagógico: aprender a escuchar y valorar las historias de vida de los adultos mayores.

De esta manera, la literatura sirvió como punto de partida para generar un diálogo entre generaciones y demostrar que las experiencias familiares también pueden convertirse en una fuente de aprendizaje.

“No te mueras nunca, Pita”

Una de las participantes fue Doris Padilla, de 67 años, abuela de Leonor. Durante la actividad recordó juegos de su infancia e incluso desafió a los estudiantes a calcular su edad a partir del año en que nació.

Sin embargo, el momento que más recuerda ocurrió cuando la jornada estaba terminando.

“Mi nieta se acercó y me dijo: ‘No te mueras nunca, Pita’. Me abrazó y me puse a llorar. Sentí mucho cariño”, cuenta Doris.

Para ella, la invitación también tuvo un significado especial porque permitió reconocer el aporte que las personas mayores pueden hacer dentro de los espacios educativos.

“Encuentro extraordinariamente bueno que tomen en cuenta a los adultos mayores, porque podemos aportar experiencias que pueden ser muy valiosas para la nueva generación”, afirma.

Viajar en el tiempo a través de los recuerdos

María Loreto Cruz Larenas, de 66 años, también participó en la actividad. Ella es abuela de los gemelos Nicolás e Ignacio.

Las preguntas de los estudiantes la llevaron a recordar sus propios años de colegio y una infancia marcada por los juegos en las plazas y las largas jornadas al aire libre.

“Las preguntas me hicieron viajar en el tiempo”, cuenta sobre una conversación que le permitió recuperar recuerdos que permanecían guardados durante décadas.

Al finalizar la actividad, sus nietos se acercaron con unas galletas y una tarjeta en la que le expresaban lo importante que era para ellos.

“Fue un momento muy emocionante. El ambiente era muy agradable, muy de ternura, por cómo nos miraban los niños”, recuerda.

Pero la experiencia también trascendió a quienes tenían a sus abuelas presentes. María Loreto cuenta que varios estudiantes cuyas abuelas no habían podido asistir se acercaron igualmente a saludar y abrazar a las invitadas.

“Volvería una y mil veces”

Niza Arenas, de 63 años y abuela de Maximiliano, tampoco dudó cuando recibió la invitación.

“Fue genial para mí poder estar ahí con los niños y pasar un ratito hermoso. Sobre todo, ver a mi nieto con todos sus compañeros”, relata.

La conversación también la llevó a recuperar recuerdos que, según cuenta, permanecían guardados “en un rinconcito de nuestros corazones”.

La experiencia fue tan significativa que no duda en repetirla.

“Volvería una y mil veces a participar de esta actividad, me encantó”, afirma.

La jornada dejó así una experiencia que fue más allá de una clase tradicional. Los libros abrieron la conversación, las abuelas aportaron sus historias y los estudiantes descubrieron que escuchar también es una forma de aprender.

En las salas del Colegio Mayor Peñalolén, una novela juvenil terminó convirtiéndose en el punto de encuentro entre dos generaciones unidas por los recuerdos, la lectura y el cariño familiar.

Isabel Chandía

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