La falta de redes de apoyo puede aumentar la sobrecarga física y emocional de quienes cuidan a una persona mayor. En Chile, el cuidado recae principalmente en familiares y mujeres.
La soledad y el aislamiento social son factores relevantes para la salud en la vejez, pero sus efectos no necesariamente se limitan a las personas mayores que requieren asistencia. También pueden afectar a quienes asumen labores de cuidado, especialmente cuando esta responsabilidad se prolonga en el tiempo y se desarrolla sin una red familiar, comunitaria o institucional que permita compartirla.
La Organización Mundial de la Salud distingue ambos conceptos. La soledad corresponde a una experiencia subjetiva asociada a la percepción de que las relaciones disponibles no satisfacen las necesidades de una persona, mientras que el aislamiento social describe una situación objetiva en la que existen pocos vínculos o contactos poco frecuentes. Una persona puede estar socialmente aislada sin sentirse sola, pero ambas situaciones pueden tener consecuencias para la salud.
La OMS estima que hasta una de cada tres personas mayores puede experimentar aislamiento social y reconoce la soledad y el aislamiento como factores de riesgo para la salud mental. Estas situaciones se han relacionado con problemas como depresión, ansiedad y deterioro de la salud física y cognitiva.
A nivel mundial, además, la Comisión de la OMS sobre Conexión Social estimó que la soledad estuvo asociada a más de 871 mil muertes anuales entre 2014 y 2019.
El cuidado en Chile recae principalmente en las familias
En Chile, una parte importante del trabajo de cuidado se desarrolla dentro de las propias familias. El Plan Nacional de Demencia de 2017 señala que el 95% de las personas cuidadoras eran familiares y el 89,6% eran mujeres. Entre los familiares, las hijas e hijos representaban el 44% y los cónyuges el 23,8%.
Estos datos permiten entender que el cuidado no ocurre en un vacío. Muchas veces se suma a las responsabilidades domésticas, laborales y familiares que ya tiene una persona, reduciendo el tiempo disponible para descansar, mantener vínculos sociales o atender su propia salud.
“Cuando una persona asume el cuidado de manera prolongada y además percibe que no tiene una red de apoyo, aumenta su vulnerabilidad. No se trata solamente de la cantidad de personas que conoce, sino de contar con vínculos que efectivamente puedan ayudarla frente a una dificultad, una emergencia o una necesidad concreta”, explica Alejandra Araya, investigadora del Instituto de Investigación de Cuidados en Salud de la Universidad Andrés Bello.
El problema también puede profundizarse cuando quien cuida es una persona mayor. El estudio nacional de MICARE mostró que un 37% de las personas cuidadoras de su muestra eran personas mayores que cuidaban o acompañaban a otra persona mayor.
La investigación también evidenció la intensidad del trabajo de cuidado. En el caso de las personas cuidadoras informales de personas mayores, el promedio alcanzó 16,8 horas diarias, cifra que aumenta cuando la persona cuidada presenta mayor nivel de dependencia.
Cuando cuidar deja poco espacio para la propia vida
La carga no es solamente física. La pérdida de espacios personales, el menor contacto con otras personas y la dificultad para mantener actividades que antes formaban parte de la rutina pueden aumentar la sensación de aislamiento.
“En investigaciones desarrolladas en comunidades de Santiago, las mujeres representan cerca de dos tercios de las muestras estudiadas y presentan mayores indicadores de síntomas depresivos, fragilidad multidimensional y multimorbilidad, además de redes de contactos cercanos más pequeñas y menor participación en empleo remunerado y actividad física”, detalla Araya.
El estudio nacional de MICARE también mostró que una proporción de las personas cuidadoras reporta problemas de salud física y psicológica asociados al trabajo de cuidado, además de niveles importantes de sobrecarga entre quienes cuidan a personas mayores en situación de dependencia.
“Estos resultados muestran que no podemos pensar en el cuidado solamente desde las necesidades de la persona dependiente. También debemos mirar a quien cuida, porque si esa persona se queda sola, sin descanso y sin apoyo, su propia salud puede deteriorarse y con ello también puede verse afectada la continuidad del cuidado”, plantea la investigadora.
Señales que no deberían normalizarse
Existen señales que pueden advertir que una persona mayor o quien ejerce labores de cuidado está perdiendo bienestar. Entre ellas aparecen el aumento de síntomas depresivos, la disminución de la actividad física, el deterioro de la vida social y una percepción cada vez más negativa de la propia salud.
También conviene prestar atención a cambios cotidianos. Dejar de salir, reducir el contacto con amistades, abandonar actividades recreativas o postergar controles de salud pueden indicar que la persona está comenzando a quedar aislada.
“Una de las dificultades es que muchas veces la persona cuidadora se acostumbra a postergar sus propias necesidades. Primero está la persona que requiere asistencia, luego las responsabilidades del hogar y del trabajo, y finalmente queda poco espacio para la propia salud”, explica Araya.
Cuando además no existe una red con la que compartir las tareas, la situación puede volverse más difícil de sostener.
Atención Primaria puede detectar a tiempo
Frente a este escenario, la especialista plantea que la Atención Primaria de Salud puede desempeñar un papel relevante en la detección temprana de situaciones que afectan tanto a las personas mayores como a quienes las cuidan.
“Los CESFAM pueden desempeñar un papel relevante mediante la detección de síntomas depresivos y la identificación temprana de situaciones de fragilidad física, psicológica y social”, recomienda.
Esta mirada resulta especialmente importante en un contexto en que Chile avanza hacia una mayor institucionalización de las políticas de cuidado. El Ministerio de Salud mantiene actualmente el Plan Nacional de Demencia 2025-2035, que incorpora entre sus objetivos el apoyo a las personas con demencia y sus familias y una respuesta sociosanitaria integral.
Cuidar también significa cuidar a quien cuida
La soledad no siempre se ve. Una persona puede estar rodeada de responsabilidades y, al mismo tiempo, carecer de alguien con quien compartir las dificultades, pedir ayuda o simplemente descansar.
“Necesitamos avanzar hacia una sociedad del cuidado, donde la responsabilidad no recaiga exclusivamente en una persona o en una familia. El desafío consiste en reconocer el cuidado como una responsabilidad social y pública, generando apoyos que permitan prevenir que quienes cuidan terminen aislados”, sostiene Araya.
Cuidar requiere tiempo, esfuerzo y compromiso, pero también necesita redes. Compartir las responsabilidades, mantener los vínculos sociales y conectar a las familias con los apoyos disponibles son elementos fundamentales para evitar que el cuidado termine convirtiéndose en una experiencia de soledad.
Por Alejandra Araya, investigadora del Instituto de Investigación de Cuidados en Salud de la Universidad Andrés Bello







