Prohibición de redes sociales en menores de 16 años reabre debate por salud mental y protección infantil

El avance de regulaciones en países como Australia y Francia vuelve a poner en el centro los efectos del uso temprano de redes sociales con foco en ciberacoso, adicción y bienestar emocional.

La discusión sobre restringir el acceso a redes sociales en menores de 16 años ha tomado fuerza a nivel internacional y comienza a instalarse en Chile, impulsada por medidas adoptadas en países como Australia y Francia, donde se han establecido límites para proteger a niños y adolescentes frente a los riesgos del entorno digital.

Desde la mirada clínica y educacional, Andrés Benítez, psicólogo y subdirector de Formación y Convivencia de Fundación Nocedal, advierte que el uso temprano y sin supervisión de redes sociales puede generar efectos significativos en el desarrollo emocional, especialmente en etapas donde se construyen la identidad y la autoestima.

“El cerebro adolescente aún está en formación, por lo que la exposición constante a redes sociales puede generar dependencia, necesidad de validación externa y dificultades para regular emociones”, explica.

Uno de los principales focos de preocupación es el ciberbullying, fenómeno que se ha intensificado con la masificación de estas plataformas. A diferencia del acoso tradicional, opera sin límites de horario ni espacio, lo que impide que los menores puedan desconectarse del daño, elevando los niveles de ansiedad, estrés e incluso síntomas depresivos.

A ello se suma la sobreexposición de la vida privada, donde niños y adolescentes comparten información personal sin dimensionar sus consecuencias. “Muchos no son conscientes del alcance de lo que publican, lo que puede derivar en vulneraciones de su privacidad o en situaciones de riesgo”, advierte Benítez.

Otro elemento crítico es la adicción a las redes sociales, impulsada por mecanismos de recompensa inmediata como “likes” y comentarios. Este patrón puede traducirse en alteraciones del sueño, problemas de concentración, irritabilidad y una fuerte dependencia emocional del entorno digital.

“El problema no es solo el tiempo de uso, sino el tipo de vínculo que se genera. Muchos jóvenes construyen su autoestima en función de la aprobación digital, lo que genera frustración e inseguridad”, agrega.

En este contexto, Alejandra Núñez, directora del Colegio Almendral de La Pintana, enfatiza que el foco no debe estar solo en la restricción, sino en cómo se aborda el uso desde la formación. “Más que fijar una edad exacta, es clave entender que el uso de redes sociales requiere madurez y supervisión. Idealmente debiera postergarse hasta los 13 o 14 años, cuando los jóvenes tienen mayor desarrollo para tomar decisiones y regular sus impulsos”, señala.

Asimismo, advierte que “la exposición inadecuada puede impactar fuertemente en la salud mental, generando ansiedad, baja autoestima, problemas de sueño y dificultades en el aprendizaje”, reforzando la necesidad de acompañamiento adulto.

Por su parte, Óscar Garrido, director del Colegio PuenteMaipo de Puente Alto, pone el acento en los efectos concretos que ya se observan en el entorno escolar. “Hoy vemos con claridad en la sala de clases dificultades de concentración, cansancio y mayor ansiedad, muchas veces asociados a un uso excesivo o sin control de redes sociales”, afirma.

En esa línea, subraya que el desafío va más allá de la prohibición: “No basta con restringir. Necesitamos educar en el uso responsable de la tecnología, con normas claras y formación en autocuidado digital, pero también volver a potenciar la vida fuera de la pantalla: el deporte, la lectura y los vínculos presenciales”.

En un escenario donde la tecnología es parte central de la vida cotidiana, los expertos coinciden en que las restricciones deben ir acompañadas de educación digital, límites claros y un rol activo de las familias y los colegios.

“Los niños no están preparados para enfrentar solos el mundo digital. Necesitan guía, límites y contención para desarrollarse de manera saludable”, concluye Benítez.

Así, el desafío es avanzar hacia un equilibrio que permita proteger la salud mental y el desarrollo integral de niños y adolescentes, sin desconocer el rol que hoy cumple lo digital en sus vidas.

 

Isabel Chandía

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