Invertir en primera infancia es sembrar futuro

Cuando hablamos de inversión pública, solemos pensar en carreteras, tecnología o infraestructura visible. Sin embargo, existe una inversión mucho más decisiva, silenciosa y transformadora: la inversión en la primera infancia. Apostar por los primeros años de vida no es un gesto romántico ni filantrópico; es una decisión estratégica respaldada por evidencia sólida. Destinar recursos a la infancia es, literalmente, sembrar futuro.

Uno de los estudios más contundentes que respalda esta afirmación es el longitudinal HighScope Perry Preschool, iniciado en la década de los sesenta en Estados Unidos y seguido durante más de cuarenta años. Esta investigación acompañó a niños y niñas de contextos vulnerables que participaron en un programa de educación parvularia de alta calidad, comparándolos con un grupo que no tuvo esa oportunidad.

Los resultados son claros y difíciles de ignorar. Quienes asistieron al programa no solo obtuvieron mejores resultados académicos durante su trayectoria escolar, sino que también alcanzaron, en la adultez, mayores niveles de empleo, mejores ingresos, menor dependencia de ayudas sociales y significativamente menos involucramiento en conductas delictivas.

Además, desarrollaron habilidades socioemocionales fundamentales como autonomía, autorregulación, resolución de problemas y capacidad de convivencia. Es decir, competencias esenciales para la vida.

El estudio demostró algo aún más relevante: cada dólar invertido en educación inicial retornó entre siete y diez dólares a la sociedad, principalmente gracias al ahorro en salud, justicia y protección social. Pocas políticas públicas muestran un impacto tan consistente y sostenido en el tiempo. La conclusión es evidente: no invertir temprano termina siendo mucho más caro.

Desde mi experiencia como directora de escuela, veo a diario cómo las oportunidades —o su ausencia— durante los primeros años marcan trayectorias completas. La infancia no espera. El desarrollo cerebral ocurre a una velocidad irrepetible y las brechas que aparecen tempranamente tienden a profundizarse si no existe una intervención oportuna.

La educación inicial de calidad no busca “adelantar contenidos”, sino construir bases sólidas: seguridad emocional, curiosidad, lenguaje, pensamiento crítico y sentido de pertenencia.

Invertir en infancia no es solo una decisión educativa; es también una apuesta ética y social. Significa creer que todos los niños y niñas merecen un punto de partida justo. Significa comprender que el futuro de un país se juega, en gran medida, en las salas cuna y jardines infantiles.

Tal como evidenció el estudio HighScope, cuando sembramos bien desde el inicio, la sociedad completa cosecha los frutos durante décadas.

Leonor Cerda, Directora Escuela de Educación Parvularia Universidad de Las Américas

Isabel Chandía

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