Secar, fermentar, conservar y aprovechar los alimentos de manera integral son algunas de las prácticas de pueblos originarios que hoy pueden inspirar un consumo más sostenible.
En un mundo donde más de mil millones de toneladas de alimentos se desperdician cada año, recuperar conocimientos ancestrales puede ofrecer nuevas formas de aprovechar mejor la comida. En Chile, distintos pueblos originarios desarrollaron técnicas para conservar, almacenar y utilizar integralmente los alimentos, adaptándose a los ciclos de la naturaleza y a los recursos disponibles en cada territorio.
Los pehuenches, por ejemplo, recolectaban y almacenaban piñones para asegurar su disponibilidad durante gran parte del año. En los pueblos andinos, en tanto, se perfeccionaron técnicas como el chuño, que permite conservar la papa durante largos períodos. A estas prácticas se suman el secado, la fermentación y el aprovechamiento integral de animales y vegetales.
“Para muchas comunidades indígenas, los alimentos no eran simplemente un producto de consumo, sino el resultado de una interacción compleja entre la tierra, el agua, las estaciones, el trabajo colectivo y el conocimiento acumulado por generaciones”, explica Catalina Tejeda, gerente de Marketing de Cheaf.
Desde esta perspectiva, desperdiciar comida significaba perder mucho más que un alimento. También implicaba desaprovechar recursos escasos, trabajo y parte del equilibrio con el entorno.
La industrialización de los sistemas alimentarios cambió progresivamente esta relación. La disponibilidad permanente de productos hizo que muchas personas se distanciaran de los procesos necesarios para producir, recolectar y conservar los alimentos.
“En un contexto de crisis climática y agotamiento de recursos naturales, recuperar una cultura de valoración de los víveres deja de ser una mirada al pasado y se convierte en una necesidad para el futuro”, advierte Tejeda.
Cinco prácticas para aprovechar mejor los alimentos
1. Consumir de acuerdo con las estaciones
Durante siglos, los pueblos originarios adaptaron su alimentación a los ciclos naturales de cada territorio. Consumir productos de temporada permite aprovechar mejor los recursos disponibles y reducir pérdidas.
Esta lógica también puede aplicarse hoy. Preferir frutas y verduras de estación suele facilitar el acceso a productos frescos y permite incorporarlos a la planificación semanal antes de que pierdan calidad.
2. Valorar cada alimento como un recurso
En distintas culturas indígenas, los alimentos representaban un bien que requería tiempo, conocimiento, trabajo y recursos naturales para llegar a la mesa.
Antes de desechar un producto por razones estéticas o porque se acerca su fecha de vencimiento, es importante revisar si todavía es apto para el consumo y buscar alternativas para incorporarlo a otra preparación.
3. Recuperar las técnicas de conservación
Mucho antes de la refrigeración, las comunidades desarrollaron métodos para prolongar la vida útil de los alimentos. El secado, la fermentación, el ahumado y el almacenamiento adecuado permitían enfrentar períodos de escasez.
Hoy podemos aplicar ese mismo principio mediante técnicas como congelar porciones, deshidratar frutas, preparar conservas y reutilizar excedentes antes de que se deterioren.
4. Aprovechar los alimentos de manera integral
La lógica de “usar todo” estuvo presente en numerosas tradiciones alimentarias. Hojas, tallos, semillas y otras partes de vegetales y animales podían tener distintos usos.
En la actualidad, algunas partes que habitualmente terminan en la basura pueden incorporarse a nuevas preparaciones, siempre que sean aptas para el consumo y estén correctamente manipuladas. Tallos y hojas pueden utilizarse en sopas, caldos, tortillas o preparaciones similares, mientras que algunas cáscaras pueden aprovecharse según el alimento.
5. Compartir antes que desechar
La alimentación también ha sido históricamente una práctica comunitaria. Compartir los excedentes permitía evitar pérdidas y fortalecer los vínculos entre las personas.
Hoy esta idea puede traducirse en acciones simples: compartir preparaciones con familiares o vecinos, donar alimentos aptos para el consumo o, mejor aún, planificar las compras y las cantidades necesarias para evitar excedentes.
Una mirada ancestral para el futuro
Estas prácticas adquieren especial relevancia frente a desafíos como el desperdicio de alimentos, la escasez hídrica y la crisis climática. Los conocimientos desarrollados durante generaciones muestran que conservar y aprovechar mejor la comida también implica cuidar los recursos naturales que permiten producirla.
“Más que una mirada al pasado, pueden ser una guía para construir una relación más sostenible con nuestra alimentación en el futuro. Cuidar los alimentos es también cuidar el agua, la tierra y los recursos que los hacen posibles”, concluye Catalina Tejeda.






