Cinco señales de un ACV que no se deben ignorar

Reconocer a tiempo la asimetría facial, la debilidad de un lado del cuerpo, las dificultades para hablar, los cambios repentinos en la visión y la pérdida de equilibrio permite actuar rápidamente frente a esta emergencia médica.

Un rostro que pierde simetría de manera repentina, una dificultad inesperada para hablar o la pérdida de fuerza en un brazo pueden parecer síntomas aislados, pero también pueden ser señales de un Accidente Cerebrovascular (ACV). Frente a estos signos, actuar con rapidez resulta fundamental: cada minuto puede influir en el daño cerebral y en las posibilidades de recuperación.

El ACV ocurre cuando el flujo de sangre hacia una zona del cerebro se interrumpe o cuando un vaso sanguíneo cerebral se rompe. En ambos casos, la atención médica inmediata es fundamental para reducir el riesgo de muerte y discapacidad.

Sandra Díaz Rozas, académica de la Facultad de Enfermería de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, explica que se trata de una emergencia médica tiempo-dependiente.

“Un Accidente Cerebrovascular ocurre cuando se interrumpe el flujo sanguíneo que lleva oxígeno y nutrientes al cerebro. Cuando eso sucede, las células cerebrales comienzan a dañarse rápidamente, por lo que actuar con velocidad es fundamental para disminuir el riesgo de muerte o discapacidad”, señala.

La especialista advierte que muchas veces la diferencia entre una recuperación favorable y un daño neurológico importante depende de que familiares, amigos o testigos reconozcan los síntomas y soliciten ayuda médica sin demora.

Cinco señales de alerta

Los síntomas pueden variar según la zona del cerebro afectada. Sin embargo, existen signos frecuentes que deben generar una alerta inmediata:

1. Asimetría facial: la persona puede presentar una pérdida repentina de simetría en el rostro o dificultad para sonreír.

2. Pérdida de fuerza: puede aparecer debilidad o pérdida de fuerza en un brazo o una pierna, generalmente en un solo lado del cuerpo.

3. Dificultad para hablar: pueden surgir problemas para encontrar palabras, construir frases, comprender lo que se dice o pronunciar correctamente.

4. Alteraciones visuales: la persona puede experimentar pérdida repentina de visión en uno de los ojos, visión doble u otros cambios visuales súbitos.

5. Pérdida del equilibrio: pueden aparecer mareos intensos, problemas de coordinación o dificultad repentina para caminar.

La característica que más debe llamar la atención es que estos síntomas suelen aparecer de manera brusca. Una persona que se encontraba realizando sus actividades normalmente puede comenzar, de un momento a otro, con uno o varios de estos signos.

“Ante esta situación, no se debe esperar a que los síntomas desaparezcan ni atribuirlos al cansancio o al estrés”, advierte Díaz.

¿Qué hacer frente a un posible ACV?

El primer paso es solicitar atención médica inmediatamente. Frente a uno o más síntomas compatibles con un ACV, se debe llamar al SAMU o acudir al servicio de urgencia hospitalario más cercano.

“Retrasar la consulta puede reducir considerablemente las posibilidades de recibir tratamientos eficaces”, enfatiza la académica.

También es importante registrar la hora exacta o aproximada en que comenzaron los síntomas. Este dato permite a los equipos médicos determinar qué alternativas terapéuticas pueden utilizar.

La especialista recomienda, además, no administrar medicamentos por cuenta propia, incluida la aspirina o fármacos para controlar la presión arterial. Tampoco se deben ofrecer alimentos o líquidos mientras la persona no haya sido evaluada por profesionales de la salud.

La rapidez tiene una explicación médica. Cuando se interrumpe el flujo sanguíneo hacia el cerebro, las células comienzan a sufrir daños. Por eso, mientras antes se diagnostique y trate un ACV, mayores son las posibilidades de limitar sus consecuencias.

Dependiendo del tipo de ACV, del tiempo transcurrido y de las características del paciente, los equipos especializados pueden utilizar tratamientos destinados a restablecer el flujo sanguíneo o controlar el daño producido.

“Cada minuto que transcurre sin tratamiento significa pérdida de tejido cerebral. Por eso insistimos en que reconocer los síntomas y consultar de inmediato puede cambiar radicalmente el pronóstico de una persona”, afirma Díaz.

Una atención oportuna puede disminuir el riesgo de consecuencias como parálisis, trastornos del lenguaje, alteraciones cognitivas y pérdida de autonomía.

La prevención también es clave

Aunque el ACV se asocia principalmente con personas mayores, puede presentarse en distintas etapas de la vida cuando existen factores de riesgo.

La prevención comienza mucho antes de que aparezcan los síntomas. Controlar la presión arterial es una de las medidas más importantes, ya que la hipertensión constituye uno de los principales factores de riesgo para desarrollar un ACV.

También se recomienda mantener una alimentación equilibrada, moderar el consumo de sal, grasas saturadas y azúcares, y privilegiar frutas, verduras y alimentos frescos.

A estas medidas se suman realizar actividad física de manera regular, evitar el tabaco, moderar el consumo de alcohol y mantener bajo control enfermedades como diabetes, colesterol elevado y patologías cardiovasculares.

Las personas que tienen estas condiciones deben mantener sus controles médicos y seguir las indicaciones de sus tratamientos.

“Las personas con hipertensión, diabetes, colesterol alto o enfermedades cardíacas deben seguir estrictamente sus tratamientos y controles. La prevención comienza mucho antes de que aparezcan los síntomas”, explica la académica.

Conocer los síntomas puede salvar vidas

La educación de la población cumple un papel fundamental frente al ACV. Reconocer las señales de alerta permite reducir el tiempo entre la aparición de los síntomas y la llegada a un servicio de urgencia, aumentando las posibilidades de recibir atención oportuna.

“Cuando una comunidad sabe reconocer los síntomas de un ACV, las posibilidades de que los pacientes lleguen a tiempo a los servicios de urgencia aumentan significativamente. La educación puede salvar vidas y reducir el impacto de una enfermedad que sigue siendo una de las principales causas de discapacidad en el mundo”, concluye Sandra Díaz.

Isabel Chandía

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