Baja escolaridad y malos hábitos elevan el riesgo de mortalidad

Estudio publicado en la Revista Médica de Chile analizó datos de 2.671 personas y evidenció que las desventajas sociales y conductuales pueden acumularse y aumentar el riesgo de muerte.

Las personas que combinan un bajo nivel educacional con estilos de vida poco saludables pueden presentar hasta 10,7 veces más riesgo de mortalidad que aquellas con mayor escolaridad y hábitos saludables. Así lo revela una investigación publicada en la Revista Médica de Chile que analizó la relación entre conductas de salud, nivel educacional y mortalidad en población chilena.

El estudio utilizó información de la Encuesta Nacional de Salud (ENS) 2009-2010 y consideró a 2.671 participantes. El investigador Felipe Díaz-Toro, del Instituto de Investigación de Cuidados en Salud de la Universidad Andrés Bello, evaluó siete componentes relacionados con el estilo de vida: consumo de alcohol, ingesta de sodio, tiempo sedentario, actividad física, tabaquismo, sueño y consumo de frutas y verduras.

Posteriormente, los investigadores relacionaron estos antecedentes con los registros de mortalidad para determinar cómo influían los hábitos y el nivel educacional en el riesgo de muerte.

Los efectos de los hábitos poco saludables

Los resultados muestran una asociación clara entre los estilos de vida y la mortalidad. “Los resultados muestran que quienes presentaban los estilos de vida menos saludables tenían un riesgo 3,02 veces mayor de mortalidad por todas las causas respecto del grupo con estilos de vida muy saludables. En el caso de las enfermedades cardiovasculares, el riesgo fue 3,68 veces mayor. En cambio, el estudio no encontró una asociación estadísticamente significativa entre el puntaje de estilo de vida y la mortalidad por cáncer”, explica el investigador.

El análisis también identificó diferencias según el nivel educacional. Las personas con menor escolaridad presentaron 2,15 veces más riesgo de morir por cualquier causa que quienes tenían un nivel educacional alto.

La brecha también se observó en causas específicas. Las personas con menor nivel educacional registraron un 93% más de riesgo de mortalidad cardiovascular y 2,42 veces más riesgo de mortalidad por cáncer en comparación con quienes tenían mayor escolaridad.

Cuando las desventajas se acumulan

El principal hallazgo apareció al analizar conjuntamente el nivel educacional y los estilos de vida. Los resultados muestran que ambos factores pueden reforzarse entre sí.

“En comparación con las personas de mayor nivel educacional y estilos de vida saludables, quienes tenían baja escolaridad y estilos de vida no saludables presentaron 10,7 veces más riesgo de mortalidad total, 10,1 veces más riesgo de mortalidad por enfermedades cardiovasculares y 5,4 veces más riesgo de mortalidad por cáncer”, detalla Díaz-Toro.

La investigación identifica así un efecto aditivo de las desventajas sociales y conductuales. Es decir, el nivel educacional y los hábitos de salud no actúan necesariamente de manera aislada, sino que pueden acumularse y generar diferencias importantes en el riesgo de mortalidad.

El estudio también muestra que mantener hábitos saludables no elimina completamente las brechas asociadas al nivel educacional. Las personas con bajo nivel educacional que mantenían estilos de vida saludables presentaron 2,7 veces más riesgo de mortalidad total que aquellas con alta escolaridad y hábitos saludables.

El desafío para las políticas públicas

Para los autores, estos resultados muestran que la prevención de enfermedades y muertes prematuras requiere considerar tanto las conductas individuales como las condiciones sociales en las que viven las personas.

“Resulta necesario abordar las desigualdades educacionales, facilitar el acceso a información y recursos que permitan adoptar hábitos saludables y generar entornos que favorezcan el bienestar, especialmente entre las poblaciones socialmente más vulnerables”, concluye el experto.

La investigación plantea así que promover estilos de vida saludables debe ir acompañado de medidas que reduzcan las desigualdades sociales y educacionales, de manera que las oportunidades para cuidar la salud no dependan exclusivamente de las condiciones de origen de cada persona.

Isabel Chandía

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