Los decomisos de esta sustancia aumentaron su visibilidad en Chile y encendieron las alertas sanitarias. Su presencia en mezclas como el tusi, la adulteración de los productos y los daños asociados al consumo reiterado plantean nuevos desafíos para la prevención y la salud pública.
El avance de la ketamina en el mercado ilegal de drogas en Chile encendió las alertas de las autoridades sanitarias y policiales. Según cifras de la Policía de Investigaciones (PDI), entre enero y septiembre de este año se decomisaron 579,4 kilos de esta sustancia, volumen que representó cerca del 87% del total de drogas sintéticas incautadas por las brigadas especializadas.
Detrás de estas cifras existe un negocio que combina distintas vías de abastecimiento y comercialización. Antecedentes de la Fiscalía identifican factores como el ingreso ilegal desde países vecinos, el desvío desde circuitos farmacéuticos y los altos márgenes de ganancia. A esto se suma su utilización en la elaboración de tusi, una mezcla asociada a espacios de fiesta y consumo recreativo.
En julio de 2026, la Fiscalía de Antofagasta advirtió que las organizaciones criminales estaban incorporando sustancias de mayor valor y menor volumen a sus operaciones. También se registraron investigaciones por comercialización de ketamina a través de redes sociales. Estos antecedentes muestran distintas vías de distribución y ayudan a comprender la expansión del negocio.
El peligro de las mezclas y la adulteración
Uno de los principales riesgos está en el tusi. Bajo este nombre se comercializan mezclas cuya composición puede variar considerablemente. Por eso, el color del polvo no permite conocer su contenido, identidad ni pureza.
Un estudio del Instituto de Salud Pública (ISP), presentado en enero de 2026, analizó 96 muestras que contenían ketamina y que recibió el laboratorio durante 2024. Los resultados mostraron que el 82% presentaba adulterantes. Entre las sustancias identificadas figuraban cafeína, MDMA, cocaína y algunos medicamentos.
Este resultado evidencia un problema importante: dos productos comercializados bajo el mismo nombre pueden contener sustancias diferentes y provocar efectos impredecibles. Quienes los consumen desconocen muchas veces qué están incorporando a su organismo y cuáles son los riesgos asociados.
La ketamina es un anestésico utilizado tanto en medicina humana como veterinaria. Tiene aplicaciones clínicas valiosas, pero su administración requiere dosis controladas, evaluación del paciente y supervisión profesional. Su utilidad médica no significa que sea segura cuando se consume sin indicación ni vigilancia sanitaria.
Los efectos y daños que puede provocar en el organismo
En el cerebro, la ketamina actúa principalmente bloqueando los receptores NMDA, relacionados con el glutamato, una sustancia que participa en la comunicación entre neuronas. Esta acción modifica la percepción del dolor y del entorno, y puede provocar disociación: una sensación de separación del propio cuerpo o de la realidad que rodea a la persona.
Sus efectos inmediatos pueden incluir confusión, desorientación, angustia, pérdida de coordinación y aumento de la presión arterial. En cantidades elevadas puede comprometer el nivel de conciencia y la respiración.
El peligro aumenta cuando se combina con otras sustancias. El consumo junto con alcohol, opioides o benzodiazepinas puede provocar sedación profunda y depresión respiratoria, elevando el riesgo de complicaciones graves. Cuando además se desconoce la composición de la mezcla, resulta todavía más difícil anticipar sus consecuencias.
Sin embargo, los daños no terminan cuando desaparecen los efectos inmediatos. El consumo reiterado de ketamina puede provocar lesiones en la vejiga y las vías urinarias. Entre sus manifestaciones están el dolor, la necesidad frecuente y urgente de orinar, el sangrado y, en casos graves, el deterioro de la función renal.
Algunas de estas lesiones pueden requerir intervenciones quirúrgicas. También existe riesgo de desarrollar dependencia y tolerancia, lo que lleva a necesitar cantidades mayores para conseguir efectos similares. Se trata de consecuencias que pueden persistir incluso después de suspender el consumo.
Prevención y tratamiento: un desafío para la salud pública
Frente a este escenario, la respuesta institucional debe integrar fiscalización, vigilancia sanitaria y acceso oportuno a tratamiento. No basta con aumentar los decomisos. También es necesario comprender cómo circulan estas sustancias, identificar sus componentes y detectar tempranamente los daños que provocan.
Para avanzar, resulta fundamental conectar los análisis de las drogas incautadas con las consultas de urgencia y los registros de consumo, considerando que cada fuente aporta información diferente. Asimismo, se requiere fortalecer el control de los desvíos de medicamentos y desarrollar campañas preventivas que comuniquen los riesgos de manera clara y sin estigmatizar a quienes necesitan ayuda.
La expansión de la ketamina no es solo un problema policial: es también un desafío sanitario que exige prevención, información y atención especializada. El éxito de las medidas no debería evaluarse únicamente por la cantidad de droga incautada, sino también por las intoxicaciones que se logran evitar, los diagnósticos oportunos y las personas que consiguen acceder a tratamiento.
Marcelo Maldonado Ramírez
Académico de Química y Farmacia de la Universidad Andrés Bello (UNAB)
Especialista en Toxicología







