Alternativas de turismo sostenible, naturaleza y patrimonio marcan la temporada estival en Chile, con destinos poco conocidos que invitan a viajar de forma consciente y auténtica, según expertos en ecoturismo.
¿No parece que cada verano terminamos hablando de los mismos destinos turísticos en Chile? Las mismas playas, las mismas ciudades y panoramas que se repiten año tras año. Este fenómeno, conocido como hiperconcentración turística u overtourism, concentra a la mayoría de los viajeros en unos pocos lugares visibles, mientras otros territorios igualmente valiosos permanecen fuera del radar.
Según explica Pablo Rebolledo, director de la carrera de Administración en Ecoturismo de la Universidad Andrés Bello (UNAB), esta situación no responde solo a gustos personales, sino a un mapa turístico reducido que se ha construido por años. “Algunos destinos se vuelven ‘los obvios’, se refuerzan constantemente y otros quedan invisibilizados. La comodidad de volver a lo conocido reduce la incertidumbre, pero también la sorpresa”, señala.
Mientras los destinos tradicionales se saturan durante el verano en Chile, existen territorios con paisajes únicos, culturas locales vivas y experiencias profundas, que ofrecen alternativas para todos los intereses: mar, montaña, desierto, patrimonio, naturaleza y gastronomía. Muchos de ellos están a pocas horas de los centros más concurridos y esperan ser descubiertos desde una mirada distinta.
El Valle de Camarones, en la Región de Arica y Parinacota, es un ejemplo de ello. Se trata de un territorio donde el desierto es memoria viva, con terrazas agrícolas prehispánicas, pequeños pueblos y tradiciones andinas que permiten comprender la historia del agua y la vida en condiciones extremas, lejos del turismo acelerado.
En la Región de Tarapacá, Pica y sus oasis representan otra forma de refugio estival. Entre el desierto minero y la memoria salitrera, este destino combina arquitectura tradicional, frutales, aguas termales y vida comunitaria, ofreciendo un turismo de ritmo lento, ideal para el descanso y la hospitalidad auténtica.
Más al sur, Caleta Chañaral de Aceituno, en la Región de Atacama, destaca por su cercanía con la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt. Este pequeño poblado pesquero es uno de los mejores lugares del país para el avistamiento responsable de ballenas, delfines y aves marinas, donde el turismo se vive con calma, respeto por la naturaleza y fuerte identidad local.
En la Región de Valparaíso, Quintero ofrece una mirada distinta a la conocida. Más allá de su pasado industrial, el territorio cuenta con caletas históricas, borde costero rocoso, miradores naturales y una gastronomía marina que comienza a revalorizarse, invitando a conocer su complejidad y procesos de transformación desde un turismo consciente.
Otro destino que permanece al margen del circuito tradicional es San Rosendo, en la Región del Biobío. Ubicada entre los ríos Biobío y Laja, esta comuna conserva un valioso patrimonio ferroviario, reflejado en su antigua estación y en una vida tranquila que se organiza en torno al río, las vías y la memoria local, ideal para caminatas pausadas y observación del paisaje.
En la Región de Los Lagos, Cochamó se presenta como un valle profundo rodeado de paredes de granito, bosques húmedos y ríos transparentes. No es un destino de consumo rápido, sino de inmersión en la naturaleza, donde el viaje se vive caminando y respetando los tiempos del territorio.
A estos lugares se suman otros espacios poco visitados, como el Parque Nacional Lauca, en el altiplano, o la Laguna Pirquinco, en la cordillera del Biobío, ambos con paisajes extraordinarios que se mantienen fuera del turismo masivo, no por falta de atractivo, sino por permanecer en ese límite entre lo conocido y lo que aún está por descubrir.
Para el académico de la UNAB, explorar estos destinos implica también una responsabilidad. “El turismo puede generar impactos negativos si llega sin planificación ni respeto, pero cuando se desarrolla de forma consciente, con participación local y cuidado del entorno, se transforma en una herramienta que fortalece economías, protege paisajes y rescata identidades”, concluye Pablo Rebolledo.






