
El regreso a clases tras las vacaciones implica ajustes en sueño, atención y regulación emocional. Académico de Psicología de la Universidad de Las Américas advierte que el proceso puede tardar hasta tres semanas en estabilizarse y recomienda un acompañamiento gradual desde el hogar y la escuela.
El regreso a clases en Chile no solo marca el fin de las vacaciones, sino también un proceso de adaptación emocional y cognitiva para niños y adolescentes. Tras semanas de horarios flexibles y menor exigencia académica, volver a la rutina escolar supone un aumento en las demandas de atención, planificación y control de impulsos, aspectos clave del desarrollo psicológico en etapa escolar.
“El regreso a clases exige un cambio abrupto hacia la regulación atencional y la gestión de tiempos externos. Además, el desajuste entre el reloj biológico y el horario social puede tardar hasta tres semanas en regularse, por lo que este retorno debiese ser gradual”, explica Gerardo Riffo, académico de Psicología de la Universidad de Las Américas.
Durante este periodo de transición, es esperable observar irritabilidad, molestias físicas sin causa médica aparente o preocupaciones verbales asociadas al colegio. Sin embargo, el especialista advierte que cuando estas conductas son intensas, persistentes y afectan el sueño, el apetito o la vida social, es importante prestar atención y considerar apoyo profesional.
Uno de los factores más relevantes en este proceso es el sueño. La interrupción de rutinas y el uso excesivo de pantallas durante las vacaciones pueden generar desregulación emocional. “La privación de sueño y el uso excesivo de pantallas generan desregulación emocional, baja tolerancia a la frustración e irritabilidad al volver a clases”, señala Riffo. Dormir adecuadamente es fundamental para la regulación emocional y el rendimiento académico.
En niños y adolescentes con ansiedad, el retorno puede intensificar los síntomas. El contexto escolar, con múltiples estímulos sociales y académicos, puede percibirse como amenazante. Además, la evitación prolongada debilita la percepción de autoeficacia, aumentando el malestar al retomar la rutina. El acompañamiento temprano es clave para prevenir que la ansiedad se cronifique.
Desde el hogar, el académico recomienda retomar horarios de forma progresiva, utilizar apoyos visuales como calendarios y trabajar el reencuadre cognitivo. “No se trata de evitar el colegio, sino de acompañar emocionalmente y avanzar de manera gradual”, sostiene. El foco debe estar en fortalecer herramientas de afrontamiento y generar espacios de contención.
En el ámbito escolar, Riffo enfatiza que las primeras semanas deberían priorizar la vinculación socioemocional por sobre la exigencia académica estricta. “Un cerebro estresado no aprende”, recalca, destacando la importancia de generar ambientes seguros y de confianza.
Finalmente, el especialista subraya el rol de la familia como base emocional. La ansiedad es contagiosa y la actitud de los adultos influye directamente en cómo niños y adolescentes enfrentan el retorno. El objetivo no es eliminar el estrés asociado al regreso a clases, sino transformarlo en una oportunidad para desarrollar resiliencia, autonomía y seguridad emocional.





