
Especialista explica cómo implementar pausas activas, breves y estructuradas durante la jornada escolar para cumplir la nueva normativa que promueve el movimiento diario en estudiantes.
La entrada en vigencia de la Ley 21.778 de Chile obliga a los establecimientos educacionales a promover al menos 60 minutos diarios de pausas activas, actividad física o deporte durante la jornada escolar, sin reemplazar la asignatura de Educación Física y Salud. En este contexto, especialistas destacan que las pausas activas dentro del aula se han transformado en una de las estrategias más efectivas y fáciles de implementar para reducir el sedentarismo escolar, mejorar la concentración y fomentar una cultura de movimiento en los colegios.
Para Juan Ignacio de la Fuente, académico de la Escuela de Kinesiología de la Universidad Andrés Bello, las pausas activas representan una herramienta pedagógica de alta factibilidad que permite interrumpir los largos periodos de tiempo sentado durante la jornada escolar.
Según explica el especialista, cuando estas pausas son breves, estructuradas y bien integradas al proceso educativo, pueden mejorar la atención de los estudiantes, favorecer la autorregulación y contribuir a un mejor clima de aula.
“Cuando las pausas activas se diseñan correctamente, apoyan la concentración y el bienestar de los estudiantes. Su impacto aumenta cuando se integran al proceso pedagógico y no se aplican como una interrupción ocasional, sino como parte de la dinámica habitual de la clase”, explica.
El académico recomienda que estas pausas tengan una duración de entre tres y cinco minutos, tiempo suficiente para activar el cuerpo sin afectar el desarrollo de la clase.
La estructura sugerida contempla tres etapas simples: una fase de preparación, de entre 30 y 60 segundos, que permite a los estudiantes ponerse de pie y organizar el espacio; una fase de activación, de dos a tres minutos, con ejercicios que involucren grandes grupos musculares; y una etapa final de retorno a la calma, de 30 a 60 segundos, para disminuir la intensidad y retomar la actividad académica.
Durante la fase de activación se pueden incluir movimientos simples como sentadillas, estocadas, movilidad articular, marcha en el lugar o ejercicios de equilibrio, actividades que pueden realizarse dentro del mismo espacio del aula.
El especialista destaca que la selección de ejercicios debe adaptarse a la edad de los estudiantes y considerar criterios de inclusión y seguridad, especialmente en casos de estudiantes con necesidades educativas especiales, discapacidad, dolor o limitaciones físicas temporales.
Para mejorar la participación, también se recomienda incorporar música, introducir variaciones sencillas en los ejercicios y considerar las preferencias del estudiantado, lo que contribuye a aumentar la motivación y el compromiso con la actividad.
Desde una perspectiva institucional, De la Fuente plantea que para que esta medida sea sostenible en el tiempo es necesario que los establecimientos desarrollen un plan organizado, que incluya un banco común de pausas activas por ciclo educativo, momentos definidos dentro de la jornada escolar y el apoyo transversal del equipo directivo, docentes y estudiantes.
“La idea no es que cada profesor tenga que inventar una pausa distinta todos los días, sino instalar una práctica común, sencilla y consistente dentro de la cultura escolar”, afirma.
El especialista enfatiza además que las pausas activas no son solo una actividad complementaria, sino una herramienta concreta para combatir el sedentarismo en la población escolar.
“Cuando se implementan correctamente, ayudan a cortar periodos prolongados de inactividad, aumentan el gasto energético y mejoran las transiciones dentro del aula”, explica.
Si bien estas estrategias no prometen automáticamente mejores resultados académicos, sí contribuyen a generar mejores condiciones para el aprendizaje, la convivencia y el bienestar de los estudiantes, especialmente cuando se combinan con otras iniciativas como recreos activos, desplazamientos dentro del establecimiento y la participación de las familias.
En ese contexto, la implementación efectiva de la Ley 21.778 representa una oportunidad para transformar la vida escolar e instalar una cultura de movimiento que promueva hábitos saludables desde la infancia, impactando positivamente la salud física, mental y social de los estudiantes.





