
Especialista de la Universidad de Talca advierte sobre el aumento sostenido de partos prematuros y llama a fortalecer la continuidad del cuidado y la equidad territorial, especialmente en contextos de vulnerabilidad social y ruralidad.
El parto prematuro sigue siendo uno de los principales desafíos de salud pública en Chile y el mundo, con implicancias en mortalidad neonatal, discapacidad infantil y desigualdades en el acceso a la atención. Según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada diez bebés nace antes de las 37 semanas de gestación, consolidando la prematuridad como la principal causa de muerte neonatal y una de las mayores causas de discapacidad en la infancia.
Así lo señaló Felipe Suárez Hidalgo, director de la Escuela de Obstetricia y Puericultura de la Universidad de Talca, quien destacó que, si bien existen avances en supervivencia neonatal, persisten brechas estructurales que deben abordarse con urgencia. En el contexto nacional, el académico indicó que la prematuridad ha mostrado un aumento sostenido en las últimas décadas, pasando de un 5,0% en 1992 a un 7,2% en 2018, con un incremento promedio anual de 1,44%.
El experto agregó que en 2021 el 9,49% de los nacimientos en Chile correspondió a bebés prematuros, mientras que un 1,4% nació con menos de 32 semanas de gestación, cifras que se traducen en cerca de 19 mil partos prematuros al año, con marcadas diferencias entre regiones del país. “Estos datos evidencian avances en supervivencia neonatal, pero también subrayan la necesidad de fortalecer la equidad territorial y la continuidad del cuidado, especialmente en familias con mayor vulnerabilidad social o que viven en zonas rurales”, afirmó.
Suárez enfatizó que toda persona tiene derecho a comenzar bien la vida, lo que implica garantizar acceso equitativo, atención de calidad y acompañamiento humano desde el embarazo hasta los primeros meses de vida. Este enfoque interpela directamente a la matronería, profesión que acompaña el ciclo vital reproductivo desde una perspectiva integral, científica y humanizada, con un rol clave tanto en la prevención como en el seguimiento del recién nacido prematuro.
En este sentido, el académico recalcó que avanzar hacia un sistema más equitativo requiere un trabajo coordinado entre hospitales, atención primaria, universidades y redes comunitarias, de modo que nacer antes de tiempo no signifique nacer con desventaja. Asimismo, subrayó que la prevención del parto prematuro no solo mejora los indicadores de salud perinatal, sino que también reduce inequidades sociales y fortalece el bienestar familiar.
Entre las estrategias recomendadas por organismos internacionales como la OMS y la OPS, destacó prácticas con impacto comprobado en la reducción de mortalidad y morbilidad neonatal, como el contacto piel con piel mediante el método canguro, la lactancia materna exclusiva, la atención centrada en la familia y el soporte térmico adecuado. Estas intervenciones permiten mejorar la supervivencia y el desarrollo del recién nacido prematuro, especialmente en contextos de recursos limitados.
Finalmente, Suárez subrayó que la matronería cumple una función fundamental en el acompañamiento emocional y educativo de las familias, transformando el cuidado del prematuro en un proceso profundamente humano. El desafío, añadió, es fortalecer la comunicación entre los distintos niveles de atención y promover una articulación efectiva entre hospitales, atención primaria y comunidad, donde la matrona o el matrón actúan como un eslabón esencial en la continuidad del cuidado.




