Investigación de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas proyecta pérdidas de hasta 705 mil toneladas anuales de cobre y un impacto económico que podría superar los US$ 9.700 millones debido a sequías y precipitaciones extremas
Los eventos climáticos extremos asociados al cambio climático podrían interrumpir hasta un 10% de la producción nacional de cobre hacia el año 2030, según revela una investigación desarrollada por el Departamento de Ingeniería de Minas de la Universidad de Chile.
El estudio cuantifica por primera vez el impacto que sequías prolongadas y precipitaciones extremas tendrían sobre la continuidad operativa de la minería chilena, con pérdidas económicas millonarias y riesgos directos para uno de los principales ingresos del país.
Chile es el mayor productor de cobre del mundo, un recurso estratégico para industrias clave como la electromovilidad, las telecomunicaciones y el transporte. Sin embargo, la investigación advierte que los efectos del cambio climático representan una amenaza concreta para la sostenibilidad futura de esta actividad, una dimensión que hasta ahora ha sido poco abordada en el debate público y técnico.
Mientras gran parte de la discusión se ha centrado en el impacto ambiental de la minería, este estudio pone el foco en el fenómeno inverso: cómo el cambio climático puede afectar la capacidad productiva del sector y comprometer la estabilidad del suministro de cobre a nivel global.
La investigación, publicada en la revista científica International Journal of Mining, Reclamation and Environment bajo el título “Resource and climate paradox: quantifying the impact of climate change in the copper supply chain”, fue liderada por Paulina Fernández, junto a los académicos Dr. Luis Felipe Orellana y Dr. Emilio Castillo, del Advanced Mining Technology Center (AMTC) de la Universidad de Chile, con la participación del Solar Energy Research Center (SERC) y el apoyo del proyecto FONDEF 20I10147.
El equipo construyó una base de datos inédita de 53 eventos climáticos extremos ocurridos entre 2001 y 2022, que generaron interrupciones reales en faenas mineras, incluyendo aluviones, inundaciones, cortes de caminos y reducciones de producción por escasez hídrica.
“No existía información sistematizada. El primer desafío fue recopilar y ordenar todos los eventos climáticos que habían afectado a las minas en el pasado”, explica Paulina Fernández.
A partir de esta evidencia, el equipo desarrolló un modelo de proyección climática utilizando el sistema ARC-CLIM del Ministerio del Medio Ambiente, integrando tres dimensiones clave: peligro climático, exposición futura de la producción y vulnerabilidad de la cadena de suministro.
Los resultados son contundentes:
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Precipitaciones extremas: pérdidas proyectadas entre 1,39% y 5,08% de la producción nacional, equivalentes a 91.000 a 334.000 toneladas anuales.
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Sequía: pérdidas estimadas entre 2,62% y 10,72%, lo que representa entre 172.000 y 705.000 toneladas por año.
En términos económicos, esto se traduce en pérdidas anuales cercanas a US$ 1.600 millones por precipitaciones extremas, y entre US$ 2.400 millones y US$ 9.700 millones en escenarios de sequía severa.
“Menos días efectivos de operación implican menos cobre disponible en el mercado y un impacto directo en los ingresos fiscales del país”, advierte el Dr. Luis Felipe Orellana.
El estudio identifica que las faenas ubicadas en el norte de Chile presentan una mayor susceptibilidad frente a eventos extremos, debido a factores como estrés hídrico, ubicación geográfica e infraestructura crítica.
Fernández subraya que no todas las minas responden de igual forma a las amenazas climáticas, por lo que las estrategias de adaptación deben diseñarse a nivel de cada faena y no bajo un enfoque único.
“El impacto depende del territorio. Las medidas deben ser específicas según la ubicación y las características de cada operación”, enfatiza.
Uno de los principales aportes del estudio es la creación de un marco replicable para estimar la Disrupción Anual Esperada (EAD) por mina, lo que permite actualizar proyecciones a medida que cambian las condiciones climáticas o productivas.
El equipo concluye que la industria debe transitar desde respuestas reactivas hacia una planificación anticipatoria, incorporando el riesgo climático como variable estructural. Entre las medidas prioritarias destacan:
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Mayor eficiencia y recirculación del agua, especialmente en zonas de estrés hídrico.
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Gobernanza hídrica territorial, para gestionar la competencia por el recurso.
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Refuerzo de infraestructura crítica, como caminos, drenajes y protección de instalaciones. “Si ya sabemos que un evento puede afectar una faena, la preparación debe comenzar ahora”, sostiene Fernández.
La investigación entrega evidencia concreta sobre un problema que será cada vez más frecuente y cuyo impacto puede ser estructural para la economía chilena.
“Integrar el riesgo climático en la planificación minera ya no es opcional si queremos asegurar el suministro de cobre en el futuro”, concluye el Dr. Orellana.






