Estudio chileno revela diferencias clave entre hombres y mujeres en la fragilidad de personas mayores y abre nuevas estrategias de prevención

El estudio basado en más de 9 mil personas mayores en Chile, identifica que el número de enfermedades crónicas es el principal factor de fragilidad, pero evidencia que la actividad física y la participación social impactan de manera distinta según sexo.

Un estudio liderado por la Universidad Andrés Bello advierte sobre la creciente preocupación por la fragilidad en personas mayores en Chile y revela hallazgos clave para su prevención: mientras el número de enfermedades crónicas es el factor más determinante, la actividad física en hombres y la participación social en mujeres emergen como elementos diferenciadores para reducir el riesgo, abriendo nuevas oportunidades para diseñar políticas de salud más efectivas.

La fragilidad en personas mayores se ha convertido en un desafío relevante para la salud pública, debido a su asociación con un mayor riesgo de discapacidad, hospitalización, deterioro funcional y mortalidad. En este contexto, la investigación encabezada por la académica Alejandra Araya, del Instituto de Investigación de Cuidados de la Salud de la Universidad Andrés Bello, analizó los factores asociados a este síndrome en población chilena, identificando diferencias significativas entre hombres y mujeres.

El estudio, titulado “Diferencias por sexo en los predictores de fragilidad en personas mayores que viven en la comunidad: un enfoque de aprendizaje automático”, se basó en datos de la Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia (ENDIDE) 2022, considerando una muestra de 9.123 personas de 60 años y más, con una edad promedio de 71,1 años.

Entre los principales hallazgos, se confirma que el número de enfermedades crónicas es el predictor más fuerte de fragilidad en ambos sexos, junto con la edad. Sin embargo, el análisis también revela diferencias relevantes: en los hombres, la actividad física aparece como un factor protector clave, mientras que en las mujeres, la participación en actividades recreativas y sociales se asocia a menores niveles de fragilidad.

Para llegar a estos resultados, se utilizaron modelos de aprendizaje automático. En la muestra total, el modelo Support Vector Machine presentó el mejor desempeño predictivo, mientras que en hombres destacó Random Forest y en mujeres nuevamente el modelo SVM.

Según explica la investigadora, la fragilidad es una condición potencialmente modificable, lo que convierte estos hallazgos en una herramienta clave para la prevención. “Identificar sus factores asociados permite diseñar intervenciones oportunas que ayuden a prevenir el deterioro funcional y mejorar la calidad de vida de las personas mayores”, señala.

El estudio también evidencia la magnitud del fenómeno en el país: la fragilidad afecta al 10,9% de las personas mayores en Chile, con una mayor prevalencia en mujeres (14,1%) en comparación con hombres (7,7%). A nivel global, esta condición presenta tasas que oscilan entre el 12% y el 24%.

Frente a este escenario, los resultados plantean la necesidad de avanzar hacia estrategias diferenciadas por sexo, que incluyan el fortalecimiento del manejo de enfermedades crónicas, la promoción de la actividad física en hombres y el fomento de la participación social y recreativa en mujeres.

El envejecimiento acelerado de la población chilena hace urgente abordar la fragilidad desde una mirada integral, combinando prevención, promoción de hábitos saludables y políticas públicas focalizadas, con el objetivo de mejorar la calidad de vida y promover un envejecimiento activo y saludable.

Isabel Chandía

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