
Según el Atlas Mundial de la Obesidad 2026, estamos en un cambio de paradigma epidemiológico sin precedentes: por primera vez, el número de niñas y niños con obesidad supera al de quienes presentan bajo peso. Este fenómeno, conocido como transición nutricional, no representa una victoria contra el hambre, sino el síntoma de un sistema alimentario global que ha fallado en proteger a la población más vulnerable.
Esta crisis no responde a una “falta de voluntad familiar” ni a “malas decisiones individuales”, sino que es el resultado directo de entornos obesogénicos, donde los productos ultraprocesados son más accesibles, económicos y masivamente publicitados que los alimentos naturales.
La evidencia es clara: la malnutrición por exceso en la infancia es una hipoteca de salud a largo plazo. Hoy vemos niñas y niños con enfermedades como diabetes tipo II, hipertensión e hígado graso, patologías que antes eran exclusivas de adultos.
El impacto es aún más crítico en países de ingresos bajos y medios, donde coexiste la desnutrición con una creciente epidemia de enfermedades crónicas, generando presión sobre sistemas de salud que no están preparados para enfrentar este escenario. Esto se traduce en pérdida de productividad, aumento del gasto sanitario y una preocupante disminución en la calidad y esperanza de vida.
Frente a este escenario, ya no basta con la consejería nutricional. Se requieren políticas públicas audaces y multisectoriales, que incluyan regulaciones más estrictas al marketing dirigido a menores, entornos escolares con alimentación saludable y espacios urbanos seguros que promuevan la actividad física.
El Atlas Mundial de la Obesidad 2026 es una advertencia urgente: si no actuamos ahora, el año 2040 podría ser recordado no por sus avances tecnológicos, sino por haber permitido que el entorno definiera la salud de nuestras futuras generaciones.
Las proyecciones son claras: 228 millones de niños y adolescentes vivirán con obesidad en 2040, de los cuales 169 millones estarán en países en desarrollo. Además, 181 países han fallado en cumplir las metas de la OMS para frenar esta tendencia.
Hoy, más que una alerta, estamos frente a un llamado urgente a la acción colectiva. Garantizar entornos saludables no es solo una prioridad sanitaria, sino la mejor inversión para asegurar el bienestar y el desarrollo pleno de las nuevas generaciones.
Oriana Monsalve
Académica de Nutrición y Dietética, U. Andrés Bello, sede Viña del Mar





