Bencina: la anatomía del pánico

Pareciera que cada cierto tiempo la humanidad entra en un estado de desesperación evidenciado en sus formas de consumo. Ocurrió con los alimentos no perecibles para el estallido social en 2019 y con el alcohol gel para la pandemia en 2020, y acaba de ocurrir ahora con la bencina. Y no se trata de anomalías recientes ni de un rasgo cultural chileno.

Desde Tokio hasta Londres, desde Singapur hasta Santiago, el fenómeno se repite: ante la percepción de amenaza, los individuos compran más de lo que necesitan.

La escena se repite con una precisión coreográfica: filas interminables, rostros tensos y una sensación compartida de urgencia que nadie sabe explicar por completo, pero que todos obedecen. La pregunta persiste: ¿por qué compramos más cuando sabemos menos?

Estudios internacionales sobre comportamiento del consumidor en crisis han demostrado que la incertidumbre, la percepción de escasez y la ansiedad actúan como detonantes del llamado panic buying. Como señala la investigadora Nor Asiah Omar, la ansiedad es el verdadero motor del consumo compulsivo. En otras palabras, no compramos porque falte, sino porque tememos que falte.

Pero este fenómeno no es individual, es colectivo. El consumidor observa, sospecha y finalmente imita. Si otros compran más, algo deben saber. Así, lo que comienza como una decisión aislada se convierte en una reacción masiva guiada por la emoción más que por la evidencia.

Aquí aparece el conocido “efecto rebaño”, o en su versión actual, el FOMO: el miedo a quedarse fuera. Nadie quiere ser el último frente a la góndola vacía, el que no previó lo que otros sí anticiparon.

A esto se suma el rol de los medios. Las imágenes de filas, estantes vacíos y cobertura intensa no solo informan: amplifican la sensación de crisis. No es necesario exagerar, basta con mostrar. La percepción hace el resto.

El resultado es un círculo perfecto: la incertidumbre genera compra, la compra genera imágenes y las imágenes provocan más compra. Una dinámica donde la escasez puede no ser real, pero sus efectos sí lo son.

Y en el fondo de todo aparece una grieta más profunda: la desconfianza. Cuando se pierde la confianza en el sistema o en los otros, el consumo se vuelve un acto de supervivencia individual, donde cada persona busca protegerse por sí misma.

Tal vez el problema no sea la bencina ni los productos, sino algo más profundo: una sociedad que, frente al miedo, prefiere llenar el estanque antes que vaciar su incertidumbre con reflexión.

Porque en tiempos de miedo, comprar no es consumir: es intentar calmar la ansiedad, aunque sea por unas horas.

Maciel Campos
Director Escuela de Publicidad y Relaciones Públicas Universidad de Las Américas

Isabel Chandía

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