El 27 de febrero de 2024 declaré ante la PDI junto a otras víctimas de un caso de estafa que me dejó sin $304 millones y con una profunda sensación de vulnerabilidad.
Todo comenzó con una recomendación de una ex amiga, quien me presentó a C.M.M., un profesional de trayectoria en instituciones financieras de prestigio. Su seguridad y antecedentes me hicieron confiar en él.
Pero el verdadero golpe llegó cuando él me presentó a su “gran amigo” A.R.P., otro individuo con credenciales aparentemente impecables y alto empleado de una prestigiosa institución financiera internacional. Fue así como me vi envuelta en un esquema de inversiones fraudulentas que, durante poco más de un año, destruyó mi patrimonio.
En retrospectiva, veo con claridad las banderas rojas que ignoré. Desde la recogida de cheques personalmente por parte de C.M.M. hasta la documentación dudosa de las transacciones. Lo que más me indigna es que, al confrontar a C.M.M., quien se benefició de comisiones en más de 40 operaciones, simplemente me remitió a su abogado, negándose a asumir cualquier responsabilidad.
El sistema también ha sido parte de mi frustración. A pesar de las denuncias en medios nacionales como Radio Biobío o Chilevisión, y de que las estafas de A.R.P. continúan, la fiscalía no ha dado respuestas concretas. Me pregunto, ¿cómo es posible que las investigaciones se demoren tanto? Mientras tanto, las víctimas quedamos atrapadas en un limbo de incertidumbre, sin justicia ni recuperación.
La velocidad de la justicia (o la falta de ella) está dejando con “chipe libre” a los delincuentes de cuello y corbata para que sigan estafando, y viviendo una gran vida con el dinero robado. Tal como lo sigue haciendo A.R.P, con un expediente que crece de manera exponencial.
Situación que se agrava tomando en cuenta que el 2023 se anunció con bombos y platillos la nueva ley de delitos económicos para evitar que este tipo de ilícitos quedarán impunes, pero la inacción de la fiscalía ha transformado la ley en letra muerta y el deseo de justicia de las víctimas en una promesa incumplida.
Hoy, mi lucha no es solo por recuperar lo perdido, sino también por evitar que otros pasen por lo mismo. Generemos conciencia sobre este tipo de riesgos y aprendamos a empatizar con el dolor ajeno, porque nadie está exento de vivir algo así.
Por Nickyta Sommer
Profesora de Idiomas y Magister