Críticas por el estado de las canchas, cuestionamientos al liderazgo dirigencial y un circuito sudamericano reducido a un solo ATP 500 tensionan el presente del Chile Open, cuyo desafío ya no es solo deportivo: es económico, estratégico y de posicionamiento internacional.
Por años, el Chile Open ha sido presentado como la gran vitrina del tenis profesional en el país. Sin embargo, más allá de la competencia en arcilla, el torneo enfrenta una discusión más profunda: Sostenibilidad financiera, reputación internacional y liderazgo estratégico en un continente con escaso peso dentro del circuito ATP.
Las críticas por el estado de las canchas los últimos años y los cuestionamientos a los sorteos que han afectado a jugadores locales no solo golpean en lo deportivo. También impactan en la marca, en la confianza de auspiciadores y en el posicionamiento internacional del evento.
Sudamérica con margen estrecho
El continente cuenta actualmente con un solo torneo categoría 500, el Rio Open (Brasil). El resto de la gira está compuesto por torneos 250, como el Argentina Open y el certamen de Santiago.
La eliminación del ATP de Córdoba (Argentina) dejó en evidencia la fragilidad estructural del circuito regional. En términos económicos, menos torneos significan menor poder de negociación colectiva y menor atractivo para figuras internacionales.
Infraestructura y reputación
Las críticas más visibles surgieron por el estado de las canchas. Mientras que la organización ha defendido su trabajo, varios jugadores cuestionaron públicamente las condiciones de juego.
La directora del torneo, Catalina Fillol, salió al paso de las críticas señalando que han hecho “grandes esfuerzos por tratar de ir mejorando la cancha principal”.
Sin embargo, varios competidores fueron muy tajantes. El español Roberto Carballés Baena afirmó en conversación con medios que “me parece una vergüenza que se juegue un ATP en esta pista, me parece peligroso para los jugadores. Espero que no se vuelva a hacer este torneo”, en una frase que fue ampliamente replicada en la prensa internacional.
También el chileno Cristian Garin se sumó a las críticas: “es la peor cancha por lejos en la que he jugado en torneos ATP”.
El español Jaume Munar también cuestionó la superficie del torneo: “La pista está en mal estado y es muy complicado desarrollar buen tenis”.
En la misma línea, el serbio Laslo Djere cuestionó públicamente el estado de las canchas en la edición 2025 del torneo: “Hay cosas que no entiendo… las canchas de entrenamiento no están bien, incluso peor que las de competencia (…) En otros torneos limpian la línea después de cada punto o cada dos puntos. Aquí no pasa y eso afecta el juego”.
Estas declaraciones no son anecdóticas: en la economía del deporte, la reputación de un evento influye directamente en la capacidad de atraer patrocinios, derechos de transmisión y público.
El factor chileno y la caja del torneo
En términos comerciales, el rendimiento de los principales exponentes nacionales también es determinante. La eliminación temprana de figuras chilenas reduce la venta de entradas en rondas finales, presencia local en medios e interés de patrocinadores y activaciones corporativas.
Además, cuando el cuadro cruza prematuramente a los compatriotas, el resultado competitivo y económico se ve afectado, alimentando la percepción de que falta peso institucional para fortalecer la posición del torneo.
El extenista Paul Capdeville resumió este cuestionamiento con una crítica al entorno institucional: “A veces falta mayor peso político para defender mejor los intereses del tenis chileno”.
Tomás Barrios Vera, en 2024, lamentó que el sorteo agrupó a las raquetas nacionales en la misma parte del cuadro (igual que los últimos años), algo que reducía las chances de avanzar en forma independiente: “Un muy mal sorteo… quedamos todos en el mismo lado del cuadro”.
El modelo de negocio en cuestión
Levantar un ATP 250 implica cubrir prize money, producción internacional, logística, hospitalidad y estándares técnicos exigidos por la ATP. La rentabilidad depende de tres pilares: Patrocinios, venta de entradas y derechos de transmisión.
Cuando la reputación se resiente o los jugadores locales quedan fuera temprano, el impacto económico es inmediato.
Subir de categoría a ATP 500 —como el caso del Rio Open— requiere inversiones mucho mayores y acceso a una licencia disponible, algo remoto en el escenario actual.
Más que un cuadro
El Chile Open no solo define puntos ATP. Define el posicionamiento de Chile dentro de la industria global del tenis.
En un continente con un solo ATP 500, mercados dominados por Europa, Norteamérica y Asia, y un calendario cada vez más competitivo, el margen es estrecho. La discusión sobre liderazgo, estrategia y gestión trasciende lo deportivo y entra en el terreno económico y estratégico.
La pregunta de fondo es si el torneo seguirá dependiendo del rendimiento anual y del azar del cuadro, o si avanzará hacia un modelo sólido, con visión de largo plazo y mayor peso institucional en el circuito.





